martes 20 de octubre de 2009

Esbozos

A veces encuentro cosas que escribí hace años. Como este esbozo:
"Ella está sentada en el suelo del salón, con la ventana abierta que da a la pequeña terraza abierta. Hace calor, tiene el ventilador puesto a la altura del suelo para que el aire frío le revolotee el pelo. Verano. Siempre hace demasiado calor en verano. Oye los cantos de los pájaros de su vecina. Y de eso habla en esas cartas que escribe con esa pequeña letra nerviosa que tiene. El suelo parece inundado de postales, sobres y sellos. Le ha entrado la fiebre. Lleva dos días de vacaciones en su piso. Aún no ha decidido que va a hacer, le quedan 29 días para pensarlo. Tiene dinero para hacer un viaje, ¿pero a dónde? ¿Praga? Siempre ha querido ir a Praga. ¿Berlín? Hace meses que no ve a su hermano. ¿Tokio? hace años que desea viajar hasta allí. ¿Buenos Aires? Así podría conocerlas en persona por fin…
Está contándole a Bastian su problema con las vacaciones. Echa de menos a su hermano, sobre todo desde que se mudó. Parece que ya no recordara su número de teléfono. Pero la verdad, ella tampoco le ha llamado. Es tan cabezota como él, por algo son gemelos. Para ser como dos gotas de agua, pero por dentro. Aunque por fuera también se parecen. Unos ojos verdes cristalinos. Pelo largo y ondulado a la altura de los hombros. Pendientes de oro, más pequeños los de Bastian. Gafas de metal; grises las de ella, azules las de él. Labios finos, desiguales, sonrosados. Piel clara. 1,86 Bastian, 1,68 ella. Tienen los mismos gustos, gatos en vez de perros, fresa en vez de chocolate, chicos…
Siente sed, lleva una hora escribiendo cartas. Se levanta del suelo dejando de interponerse entre la ventana y el ventilador. Va a la cocina. Abre la nevera, saca una botella que compró hace dos días, la última vez que salió de casa. Desde que volvió de la tienda después del trabajo se sintió invadida de tal manera por la pereza que no pudo salir.

Suena el contestador, es la voz de Julia. “Hemos quedado a las 7 para ir a cenar. No lo olvides.” Demasiado tarde, ella ya lo había olvidado. Son las 5, aún hay tiempo. Tiempo para recogerlo todo, ducharse, vestirse y coger el autobús que le lleve al café en el que han quedado todos. Y el regalo, no debe olvidar el regalo. Es el cumpleaños de Albert.
Vuelve al salón, los papeles vuelan hasta la terraza, la atraviesan y caen. Vive en un ático, en un edificio de ocho pisos. Corre intentando atraparlo todo. Pero ya hay cosas que han caído. Pone una figura de mármol sobre los papeles y sale corriendo escaleras abajo. Sin zapatos, con las llaves de casa en la mano —al menos ha recordado coger las llaves—. No ha sido capaz de esperar el ascensor y ha bajado los ocho pisos por la escalera. Sale a la calle agotada, busca con la mirada su papel verde de cartas. Una hoja verde escrita vuela un metro por encima de su cabeza. Un hombre alto la atrapa al vuelo.
—¿Son tuyas? —dice enseñándole el papel. Ella asiente con la cabeza. Le falta la respiración. Él sonríe—: Creo que las he recogido todas.
En los bajos del edificio hay un café. Ella nunca toma café allí, siempre tiene demasiada prisa por irse o volver a casa. Ella se fija en él, es oriental. Tiene un acento muy dulce. Es más alto que ella, tiene el pelo más corto, pero sólo un poco. También lleva gafas, pero de sol. Señala sus pies, entonces se da cuenta de que está descalza, le hace una reverencia. Coge sus cartas y sube.
Sube en ascensor, tiene paciencia para esperar. Tiene una sensación extraña en la mano. Tarda en darse cuenta de que se trata el rumor de su mano. El eco de su piel, su piel era suave y morena por el sol, dorada. Le gustan las pieles morenas, doradas. Abre la puerta de casa, va al salón. Olvidó cerrar la ventana, olvidó apagar el ventilador. Levanta un libro que estuvo leyendo la noche anterior y coloca bajo el las cosas. Busca las zapatillas con la mirada, las encuentra junto al sofá. Apaga el ventilador. Baja en el ascensor.
Cuando sale del portal, le ve sentado en la terraza del café. Sonríe y la llama con la mano. Tiene las piernas cruzadas y bajo su mano derecha están las hojas verdes que han salido volando por su ventana.
—Gracias.
—Me gusta el verde —le da las cartas.
Ella se va, pero de repente se arrepiente—: ¿Quiere un café? —sobre su mesa hay una taza de café de llena. Él la mira antes de contestar.
—No, gracias —sonríe.
A ella le gusta su sonrisa. Se vuelve y sigue hasta su portal. Se siente idiota en situaciones tan ridículas. Piensa en la ducha. ¿Qué vestido ponerse? Le gusta ponerse vestidos en los cumpleaños de Albert, a Albert le gustan los restaurantes caros. Se siente bonita en ellos.
Su planta. Abre la puerta, va al armario, mira dentro. No sabe cual ponerse. Se ve en el espejo del armario, pantalones cortos y viejos, la camiseta de la Humboldt de Bastian, el pelo sucio. ¿Cómo se le había ocurrido invitarle a un café?
Alguien toca a la puerta, le cuesta darse cuenta. Lleva tres días sin timbre. El portero aún no lo ha arreglado. Daniel pasaba a buscarla a las 6 (cosa de Julia, seguro), son las 5 y 20. A Daniel le gusta llegar temprano.
Abre la puerta, es él. Sonríe. Le tiende un sobre verde, señala el remite. Así supo el piso.
—Voló por la ventana.
Ella corre hacía el salón y cierra la ventana. Vuelve a la puerta, él espera.
—¿Un café? —pregunta él con una sonrisa.
—Sí.
Le deja entrar y cierra la puerta tras él. Él se dirige al salón, ella le señala el sofá y él se sienta.
—No tengo café —dice ella con una sonrisa turbada. Ya no tiene café desde que Bastian no va a verla. Ella siempre prefirió el té.
Él sonríe—: No quiero café, ya me tomé uno.
Ella se acerca. Se sienta junto a él, sobre una pierna dejando la otra muy cerca de la suya. Se miran, sonríen. Él acerca la mano hasta su rodilla y ella espera su mano, el roce con su piel. Primero la roza, y después la deja sobre la rodilla unos segundos. Él espera que ella haga o diga algo. Y ella simplemente disfruta de su mano sobre su rodilla. Él levanta la mano, el gesto la sorprende y hace que ella la tome y la apriete suavemente con la suya contra su rodilla. Él sonríe. Su mano sube por el muslo, mira sus ojos mientras lo hace. Ella no se resiste. Le gusta.
Ella desea tocarle, rozarle como él lo hace. Devolverle esa sensación, ese calor. Pero lleva pantalones vaqueros y una camisa blanca de manga corta. ¿Qué acariciar? ¿Su mano? ¿Su rostro? ¿Su brazo? Quiere comprobar si el resto de su cuerpo es tan suave como su mano. Mira su mano, es grande, de dedos largos y finos, suaves y cálidos. Dirige su mano hacia su cinturón, pasa por encima, como si caminara sobre él y mete sus dedos entre los botones de la camisa, desabrocha uno. Mete tímidamente un dedo. Seda, parece seda. La piel es suave, un poco más clara que la de su mano.
Pega un respingo. Ahora es consciente, siente su mano acariciando su sexo por encima del pantalón. Él pide permiso con la mirada para desabrochar aquellos dos botones.
—¿Puedo?
Ella asiente, aparta las manos, deja que él desabroche los botones, siente sus dedos por encima de sus bragas. Un pequeño gemido se escapa entre sus labios.
Ella pone una mano sobre la suya atrapándola, le gusta sentirla ahí. Él lo hace tan bien…
Ella sonríe desmayada.
Ella pide permiso—. ¿Puedo?
Él asiente con una sonrisa. Ella desabrocha el cinturón. Siente su sexo hinchado. Desabrocha, uno, dos, tres botones. Acaricia el slip. Le gusta sentir como late en su mano.
Él tira de su pantalón hacia abajo. Ella se levanta un poco para que pueda bajárselos. Él coloca una mano al final de su espalda y tira del pantalón. Este cae al piso, pero la mano sigue ahí. Se mete por debajo de sus bragas, acaricia su piel, nota que está mojada. Ella siente como su propio sexo se hincha y humedece.
—Quiero verlo —dice ella.
Él se levanta, siente tener que quitar la mano de su espalda. Se quita los zapatos con los pies, baja los pantalones. Toma sus manos y las pone sobre el borde de su slip para que ella lo baje. Ella se queda quieta un momento. Toma aire, lo baja, lo mira. Siente como sus bocas se hacen agua.
—¿Te gusta? —pregunta él. Ella asiente. Desea metérselo entre las piernas y en la boca al mismo tiempo. En ese momento le parece perfecto.
Él se sienta en el suelo en medio del salón. Tiende una mano hacia ella.
—Ven… Ven. No voy a hacerte daño.
Ella toma su mano. Está inclinada ante él. Él pone las manos en sus tobillos, ella se quita las zapatillas. Él sube las manos hasta sus gemelos, los acaricia. Ella cae sobre sus rodillas. Le baja las bragas. Acaricia los muslos, su sexo. Mete un dedo dentro, otro gemido de placer. Tira de sus piernas y la sienta sobre las suyas. Sus sexos se rozan, palpitan al unísono. Ella le desea dentro, él desea estar dentro de ella. Ella abre los botones de la camisa de él. Él busca un preservativo en la cartera, se lo pone. Ella se apoya en una mano tirando el peso hacia atrás. Siente su sexo, poco a poco, deja que entre en ella. Él la atrae hacia si.
"

domingo 20 de septiembre de 2009

En la claridad (8)

—¿Cómo está la señora Cho?
—Oh… —una palabra vino a su mente «Shangai».
—¿Qué pasa? ¿Se encuentra bien?
—Sí, me preguntó por ti.
—¿Te preguntó por mi "dragón de jade"? —bromeó Duncan mientras buscaba las llaves de su apartamento en el bolsillo.
Le ponía nerviosa su desvergüenza—: Me preguntó si te llevaría conmigo en otoño.
—¿Por eso te pones roja? —preguntó señalando algo evidente. Maya se había puesto roja.

Duncan la había dejado con el taxi, en la puerta del edificio donde vivía la Señora Cho. Llevaba en la casa menos de cinco minutos y ya se sentía como siempre. Era esa misma sensación cálida, que sentía siempre que volvía a casa de la Señora Cho. Ella había cuidado de Maya cuando era niña, hasta que con trece años, sus padres habían decidido que debía estudiar en un internado femenino en la Madre Patria. La Señora Cho le recordaba los mejores momentos de su infancia, aquella época en la que recordaba haber sido siempre feliz en Hong Kong. Después de su partida al internado, cada verano había significado un ritual, ella volvía a casa e iba directa a la cocina a ver a la Señora Cho, que se quedaba unos cinco minutos en silencio, evaluando los cambios que había sufrido en los meses anteriores, siempre le decía lo mismo: «Estás muy alta, has crecido, She.» y después comían las dos juntas en la cocina, justo como antes de que ella se fuera al internado. El veredicto siempre había sido el mismo, durante el internado, durante la universidad, tras su matrimonio, cada vez que tenía que dar un curso en Hong Kong, incluso cuando sus padres decidieron que era hora de volver a la Madre Patria –el año en el que Hong Kong volvió a ser parte de China–, y la Señora Cho se mudó con el Señor Cho a Shangai.
—Estás muy alta, has crecido, She —dijo rompiendo el silencio, la Señora Cho era la única que la llamaba así. She, serpiente.
—Siempre dices lo mismo —sonrió feliz, el ritual se repetía una vez más.
—¿Vas a quedarte a comer, She?
—El señor Black me espera dentro de una hora en el hotel.
—¿No vas a presentármelo, She?
—¿Quieres conocerle? —preguntó algo confusa. Eso no formaba parte del ritual.
—Si tú quieres que le conozca, She. Me parece una idea esplendida que quieras quedarte a comer conmigo, She —se fue alejando en dirección a la cocina—. Es una idea estupenda invitar a tu señor Black, She, a comer con nosotras. Estupendo que quieras llamarle, She.
Maya sonrió, la señora Cho siempre era así. Decidía por ella y después se comportaba como si todo hubiera sido idea de Maya, y ella no hubiera tenido nada que ver.

Duncan apareció quince minutos más tarde con un paquete lleno de dulces—: ¿Qué ha dicho? —la Señora Cho había emitido un largo veredicto en chino, tras sus cinco minutos de observación silenciosa. Maya había escuchado muerta de la vergüenza, deseando que la tierra se la tragase y agradeciendo que él no hablase más que un par de palabras de chino.
—¡Qué! —la Señora Cho había tomado el paquete con los pasteles y había ido a llevarlos a la cocina, dejándoles solos en el salón.
—No hablo chino.
—Que esperaba que fueras más… —le costaba ser “diplomática”. No se veía capaz de traducir a la Señora Cho. ¿Cómo podía haber sido capaz? Cuando le presentó a Andrew sólo había dicho «Es alto».
—¿Joven?
—Bajo —mintió—. Pero le gustas. El resto no pienso traducirlo —miró a la Señora Cho que volvía de la cocina—. Me avergüenzas —murmuró en chino.
La Señora Cho sonrió—: ¿Comemos ya, She?

Duncan puso la mano sobre su muslo en el taxi—: ¿Qué fue lo que dijo?
—¿Para qué quieres saberlo?
—Maya…
—Que tienes mucho yang, mucho fuego —aquello no era algo que le extrañara, ella misma lo había notado. «Él tiene mucho yang, tú tienes mucho yang, pero él sabe como equilibrarlo. Es bueno para ti. Sabrá sacar tu yin.»
—¿Nada más? Pensaba que había dicho algo sobre mi “dragón de jade” y mi fogosidad.
Maya enrojeció—: Creí que no entendías el chino.
—¿Yo dije eso? Mentí.
—¿Lo entendiste todo? —preguntó preocupada. Había dejado que la señora Cho se explayara en sus fantasías salidas de la lectura de los libros de Jade Lee. Todo porque pensaba que Duncan no entendería nada.
—No sé, estaba demasiado ocupado mirando tus “montañas llenas de ying”. ¿Qué es eso de “la cueva bermellón”? ¿Merece la pena ir de visita turística? ¿Qué es la “cueva bermellón” y el “dragón de jade”?
—Son… —levantó la mirada y vio su sonrisa socarrona—. Me estás tomando el pelo.
—Estoy deseando que me lo expliques, palabra por palabra.
—Si quieres te hago un croquis, o te compro un libro —tenía en la maleta una novela de Jade Lee, que la señora Cho le había regalado en su penúltima visita.
—Prefiero las exposiciones orales.
—No soy muy buena con la lengua —«soy más bien de las que muerden.» Pensó. ¿Por qué le estaba tomando el pelo de esa manera? Él no era así.
—Eso lo pongo en duda.
Maya se dio cuenta de que la mano de Duncan seguía sobre su muslo y que ese contacto, lejos de molestarle, le gustaba. Sonrió, se dejó caer, relajada, en el asiento—: No pienso hacerlo.
—Todo es negociable —Duncan cerró los ojos y siguió disfrutando de su mano sobre el muslo de Maya—. ¿Por qué te llama she?
—Nací en el año de la serpiente.
—¿Seguro que se te dan mal las exposiciones orales? Las serpientes suelen tener mucha labia.
Maya se dio por vencida, no podía con él, así que se echó a reír a carcajadas.
—Bonita risa —Duncan sonrió con los ojos aún cerrados.

miércoles 5 de agosto de 2009

Para esos momentos en los que no sabes qué decir


"Como hablar"

sábado 1 de agosto de 2009

La estirpe del lobo (3)

Luvia se preparó el té, mientras esperaba que el agua hirviera mezcló las hierbas. El nómada le había dado la receta de la mezcla de hierbas. Le recomendó que las usara con cuidado, no debía abusar de ellas.

Se preguntaba cuánto tardaría Norah en descubrir su pequeño secreto, era muy lista y seguramente no tardaría mucho en poner fin a su pequeña tregua. Tenía que haberlo notado.

Se preguntaba ¿por qué todo aquello? ¿Por qué se prestaba a aquella pantomima? Era ella quien había admitido al forastero en casa, Norah había estado en contra, muy en contra. Y seguía estándolo. Pero a ella le gustaba tenerle allí, aunque no se lo dijera. Era una razón más para no preocuparse por si misma, así había sido desde que Norah había dejado todo en sus manos. ¡No, no era así!, así había sido desde la noche que había seguido a aquella mañana. Esa odiosa mañana.

La tetera silbó. Luvia vertió el agua en la taza y la tapó dejando que reposara un par de minutos.

Tyr dormía. Se convertiría en un problema si no conseguía controlarle, tenía que ser realista, ya era un problema. Empezó a beber a sorbos el té, estaba aún más amargo de lo que recordaba, pero siguió bebiéndolo.

—¿En qué piensas? —le preguntó Norah sacándola de su ensoñación. Luvia no la había oído entrar, ¿cuánto llevaría allí?
—Odio viajar —miró a Norah, preguntándose si realmente era capaz de leer sus pensamientos como temía cuando era pequeña.
—Podría haber ido yo —la voz de Norah sonaba a reproche, había algo que le preocupaba, que le daba vueltas y que no se atrevía a decirle.
—Es mi responsabilidad.
—¿Has hablado con él?
—Mick no le dijo nada. Tendremos que ir despacio —hizo una mueca de disgusto. Su hermano no había querido contarle nada a Will. ¿Qué pretendía ocultándole la verdad? Había escuchado las tímidas excusas que le habían dado, pero no las había creído. Sabía que mentían, parecía que Michael lo hubiese olvidado todo. Di se había resistido y él había estado a punto de dejarse convencer por su mujer. Entonces a Luvia le había bastado mirar a Michael y reclamar lo que era suyo. Porque Will era suyo.
Se estremeció al pensar en Mick, había hecho mucho tiempo que no se veían. Se había molestado porque sólo se había quedado media noche, pero tal como se sentía no podía quedarse más. No se atrevía. Ese olor la perturbaba.

martes 16 de junio de 2009

Un hermoso regalo de versión



"Corazón Espinado" by Yakir mi chalaito.

sábado 7 de febrero de 2009

Viaje a Itaca

Viaje a Itaca

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, ámbar y ébano,
aromas deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre en la memoria a Itaca.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.

Itaca te regaló un hermoso viaje,
sin ella el camino no hubieras emprendido,
mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, Itaca no te engañó.
Rico en saber y en vida como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.

Konstantin Kavafis

sábado 10 de enero de 2009

una cancion de una de mis voces favoritas

Nami por Koshi Inaba

martes 6 de enero de 2009

La estirpe del lobo (2)

«El otro día sentí el mundo más grande y más negro que de costumbre y mi corazón se llenó de angustia. Y recordé esa calma que sentí entre tus brazos y te llamé. Esa paz serena. El tacto de tu brazo dejándose acariciar por mi mano mientras tu brazo acariciaba sin querer mi pecho y como tu mano llegaba suavemente hasta mi cara. Sentía tu respiración en mi oreja. Recuerdo tu otra mano entre mis piernas y mi mirada sorprendida por su suavidad y tu gesto extrañado por mi respingo involuntario.
Recuerdo nítidamente todo eso ahora. En aquel momento sólo pensé que quería sentir tus brazos, que quería encerrarme en tus brazos y perderme para siempre.
Recuerdo la oscuridad, recuerdo la angustia, recuerdo que deseaba morir. Que me sentía aplastada, hundida, destruida. Y no entendía muy bien por qué y cuando oí tu voz recuperé la calma. Tú notabas que pasaba algo pero yo no quería decirte nada. Sólo ahuyentar aquella cosa oscura que tanto me asustaba y no sé como me llevaste otra vez de vuelta a la calidez de tus brazos y volví a sentirme segura, a salvo de nuevo.
¿No te parece ridículo, mi amor, que yo le tenga tanto miedo a la oscuridad?»

—Deberías dejarlo en su sitio, acaba de llegar —dijo aquella mujer a la que él odiaba intensamente. Se parecía a “ella”, pero no era “ella”. Tenían un olor parecido pero a la vez era completamente distinto. ¿Cuántos años tendría Norah? ¿70? ¿80? A veces tenía la impresión de que era más vieja de lo que aparentaba y otras le parecía más joven.
Le echó una mirada de odio pero guardó el diario en su sitio. Estaba furioso porque “ella” se había ido, rabioso, como un animal salvaje encerrado. Así se sentía. Pero debía admitir que eso era, siempre había sido así. Un animal salvaje que no quería ser domesticado y menos aún por una mujer. Pero ella le estaba domesticando, le hacía sentir que la necesitaba. Pero nunca parecía que ella le necesitara a él. Se había ido sin avisar. Sin importarle sus sentimientos. Y se sentía completamente herido en su orgullo.
—¿Vas a venir? —parecía una invitación a que la acompañase a la puerta, y él no pensaba hacer eso. No quería que “ella” se diera cuenta de que había contado hasta el último segundo de su ausencia. No, no… no pensaba dejar que lo notara. Estaba furioso.
—¡No! —aulló dejando que su furia le inundase. Norah se fue y él creyó notar que sonreía. Esa vieja bruja estaba disfrutando.
Aguzó el oído, oyó como la chirriante puerta de la casa se abría, debía ser Norah, pero no estaba sola, debía estar acompañada por Jack que esperaba a su mujer.
Sentía que las manos le temblaban. Su corazón le latía con impaciencia. ¿Por qué tardaba tanto? ¿Por qué había tenido que irse así? ¿Por qué no le había dicho nada?
La puerta se abrió. No quiso darse la vuelta, quería demostrarle lo enfadado que estaba con ella, quería que se acercara a él, que le tocara. Pero ella no se acercó. No le tocó. Así que se dio la vuelta y miró como se iba quitando el abrigo, los guantes, la bufanda, los pendientes, el collar, los zapatos… se puso a la pata coja para descalzarse, primero el zapato izquierdo, después el derecho.
—Estoy cansada, ha sido un viaje largo —dijo por fin, y él sintió que le estaba echando. Al fin y al cabo aquel era su cuarto—. Quédate si quieres —añadió con la misma indolencia de siempre. Como si no le importara su respuesta.
Él no quería eso, él quería importarle. Pensó… daba igual… se quedaría, prefería esa indolencia, esas migajas, que no tenerla en absoluto. Así que se dirigió a la puerta y la cerró con llave, se giró y vio su espalda desnuda iluminada por la luz de la luna a punto de meterse en la cama.
Él se desnudó y se metió en la cama junto a ella.

viernes 12 de diciembre de 2008

Flores blancas

Eric se sienta en el suelo. Totalmente erguido. Tiene ante él el sable aún en su funda. Sara y Jules permanecen a distancia. No pueden intervenir. Jules ha dejado su abrigo en el suelo. Ha sacado la katana de la bolsa. La mira. Se pregunta... Deja la mente en blanco.

Eric mira dulcemente a Sara. Siente orgullo. Sara parece entera. Sigue recitando el Sutra. En voz baja. Eric oye como resuena en su cabeza. Le gusta el sonido de la voz de Sara. Siente no contarle a Sara su pequeño secreto. Pero es mejor así. Piensa para ella—: Sigue —en su mente repite aquel pequeño poema zen que le gusta tanto. El de la rana y el estanque—:


Furuike ya
Kawazu tobikomu
Mizu no oto

La estirpe del lobo

El miedo le rodeaba. Unos ojos brillantes y fieros le observaban. No eran como nada que hubiera visto. Y sin embargo creyó reconocerlos. En algún sitio en su cabeza, allí en lo más hondo, estaban. Sí, allí estaban. Y entonces despertó.
Despertar le hizo olvidar ese miedo, esos ojos. Pero no olvidó la oscuridad que le envolvía en su sueño. No recordaba lo que le había despertado. Parecía algo fantasmagórico. Pensó que quizás seguía durmiendo. Miró el reloj. Era medianoche. No había dormido más de una hora y se sentía como si hubiese estado durmiendo durante días. Se levantó y se paseó por la habitación. Entonces alguien trató de abrir la puerta con cuidado evitando hacer ruido. Se preparó dispuesto a saltar sobre el intruso. Una sombra entró en la habitación, le miró durante unos instantes. Estaba preparado, sus músculos estaban en tensión y sentía de repente todo a su alrededor...
La sombra le habló. Y entonces él se relajó. Reconoció aquella voz, y se sentó en la cama. Dispuesto a volver a ella, dispuesto para dormir. Era su madre.
Le miraba de un modo extraño y le hablaba. Las palabras salían de su boca y él aunque las oía era incapaz de entenderlas. Poco a poco se fue calmando y logró entender.
—Tienes que irte —decían—. Han venido a recogerte. Tu padre ha hecho tu equipaje —continuaban. Él sintió como las palabras le ardían en la garganta a su madre. Como si no quisiera pronunciarlas, pero no pudiese retenerlas en la boca.
—¿Quién? —logró decir. Sus pensamientos volaban dentro de su cabeza demasiado rápido como para poder entenderlos. Se alegraba de estar sentado porque si hubiera estado de pie se habría desplomado.
—Ella —las palabras enmudecieron. Él se dio cuenta de que lloraban. De que lo que pasaba no les gustaba, pero no podían evitarlo. Su madre se fue. Y él se vistió porque era lo que tenía que hacer. No quería disgustar más a su madre.
Fuera en el césped sentada sobre la hierba había una chica. Era demasiado joven para ser una mujer o al menos eso le pareció. Miraba la luna con verdadera devoción. Como si en ella se hallase oculto el más maravilloso de los misterios. Él salió, dejó la maleta junto a la puerta y se sentó junto a ella. Era joven, no tanto como ella. Pero lo era. Sus ojos eran grises, profundos y tristes. Unos ojos más claros les miraban desde una ventana de la casa. Los ojos sufrían. Sabía que iba a suceder, sin llegar a saberlo del todo. Nunca habían querido saberlo. Era demasiado doloroso para ellos. Los ojos habían olvidado que el dolor fuese tan grande. Sus ojos estaban allí, hablando con otros ojos...
Una nube apagó la luna. El cielo se oscureció y los ojos grises susurraron y los otros ojos asintieron sonriendo,... y al final los ojos grises se marcharon.
Él salió a la calle, observó el cielo y sintió algo extraño al saber de algún modo que cuando volviese nada sería igual. La chica estaba ante él y le miraba a él con su maleta en la mano. Sin nadie que se lo dijese, supo que ella era Ella.
Ella se dirigió a él en una lengua extraña o al menos eso le pareció. Él no lograba entenderla. Sus palabras llenaban su mente sin lograr entenderla. Sintió miedo. Recordaba lo que había pasado antes en su habitación con su madre. No quería desmayarse ante ella. No quería parecer débil.
Alguien respondió, sabía que no era él. Las palabras hablaban en el mismo idioma. Ella emitió palabras que respondían a las palabras que flotaban a su alrededor. Las palabras preguntaron o contestaron o simplemente dijeron y él se perdió en el mar de palabras sin significado. En el mar de sonidos que le rodeaba y por un instante volvió a pensar que estaba soñando.
De repente la luna volvió y vio a su madre asomada a la ventana y a pesar de que no movió los labios oyó claramente su voz que decía: «Buena suerte.»
Entonces descubrió la razón por la que no se había desmayado. Su padre le abrazaba como cuando era pequeño y tenía una pesadilla. Se sintió de repente seguro y le entró miedo al mismo tiempo.
La chica se dio la vuelta y se dirigió a la calle. Se alejaba de la casa. Él sabía que debía seguirla. Tenía que irse con ella.
Ante su casa había una furgoneta negra y brillante. Una mujer enorme les esperaba. Cogió la maleta y se dirigió a abrir la puerta de atrás. Lanzó la maleta dentro y sujetó la puerta hasta que la chica entró y cerró con llave. Él se giró para despedirse. No sabía por cuanto tiempo. Sabía que echaría a todos de menos. Miró a su madre y con su pensamiento le dijo «adiós». Miró a su padre y se asustó ante la posibilidad de no volver a ver su cara. Agitó la mano y se metió en la furgoneta. Siguió mirando la casa mientras se alejaban y sintió mucho más miedo del que había soñado. Estaba sentado junto a la enorme mujer que conducía. Parecía agradable. No sabía si decir algo. O simplemente callar. Pero él quería saber a dónde se dirigían. Y..., ¿por qué?
—¿Tienes hambre? Será un viaje largo. Hay bocadillos en la guantera.
—¿Adónde vamos?
—A casa. ¿Es que no te han dicho nada? —le miraba sorprendida.
—No.
—Bueno. Tú siéntate y descansa. Es un viaje largo.
—¿Cómo es?
—¿Mi casa? —Bill asintió—. Ya lo verás. Me llamo Carol.
—Yo soy Bill.
—No eres muy alto… ¿Cuántos años tienes? ¿12? ¿14?
—15.
—¿15 años?
—Tengo la misma edad que ella —se sintió ofendido. Sabía que no era tan alto como su padre o aquella mujer, pero eso no quería decir que fuera un niño.
—¿15 años? Ella no tiene 15 años —Carol sonrió—. ¿Por qué no te duermes? Prometo despertarte.

domingo 5 de octubre de 2008

Cinderella Rockefella

martes 23 de septiembre de 2008

En la claridad (7)

«—¿Me regalas una canción —acariciaba la oreja de Maya con su aliento y la punta de su lengua—, en mi oído? —jugaba con su pelo, evitaba mirarla a los ojos, porque sus ojos quemaban. ¿Cómo una mujer tan tímida podía transmitir tanta pasión, tanto deseo?
—¿Q-qué quieres que te cante? —su voz temblaba. En realidad era todo su cuerpo el que temblaba al sentirle tan cerca. Sentía el calor que emanaba de su piel. Las manos que apenas le acariciaban parecían que la quemaban.
—Déjame que ponga música, yo te afinaré, tú sólo tendrás que buscar la letra —sus ágiles dedos se colaron por debajo de la camisa de Maya, y ella comenzó a gemir—-, pero si aún ni te he tocado —soltó una carcajada.
Susurró en su oreja con su aliento húmedo—: Gime para mí, canta para mí —rozó sus pezones por encima del sujetador—, tanto por afinar… ¡qué delicia! —lamió su cuello, haciéndola gritar —. ¿Ves como te sabes la letra?
Maya le apartó de un empujón.
—Disculpa —Duncan se apartó de ella y se sentó en el sofá. Intentaba no mirarla llevaba la blusa entreabierta y podía ver sus pechos casi desnudos—: ¡Maya!
—¿Sí? —le miraba con la cabeza ladeada, los labios entreabiertos y húmedos y Duncan se arrepintió de haberle dicho nada. Sintió ganas de besarla, de tirarla sobre la mesa que había detrás de ella y terminar lo que había empezado.
—¡Tápate! ¡o te juro que te tiraré sobre esa mesa y no respondo de lo que pueda hacerte! —podía olerla, toda la habitación olía a ese maldito perfume. Si seguía oliendo ese perfume le iba a dar igual. Desnuda, vestida, sobre la mesa, contra la pared… no iba a tener piedad.»
Lo recordaba… por eso había querido salir de aquella habitación de Hong Kong. Aún podía recordar a Maya con la camisa abierta ofreciéndole los senos. Y ese olor…
—¿Tú nunca cambias de perfume? —soltó sarcástico.
—¿Por qué? —Maya le miraba sin entender el sentido de aquella pregunta, apoyada en la otra pared del gran ascensor—. Sé cuánto te excita —bromeó. Duncan se acercó a ella y la sonrisa se borró de sus labios. Sólo fue un paso. Un simple paso, pero Maya se puso nerviosa. Sonrió aliviada al ver que las puertas se abrían y que podía escapar por debajo del brazo de Duncan. Tomaría ese café y se iría a casa—: ¿En qué pensabas?
—En nada —Duncan dio un paso atrás. Ahora era Maya la que estaba peligrosamente cerca.
—Ahora eres el que me empuja a mí.
Duncan soltó una carcajada. En momentos como aquellos sospechaba que Maya era una pequeña bruja.

lunes 15 de septiembre de 2008

En la claridad (6)

«—Tienes una vagina preciosa —lo dijo con la misma emoción con la que alababa la gestión de una fabrica, o el trabajo de su secretaria…» Maya leía sentada en el coche. No podía creer que Denise hubiera escrito algo así de Duncan, se sentía extrañamente ofendida. Ella no le conocía como para poder hablar de él así. ¿Emoción? Era ella la que había sentido sus dedos acariciándola. La había hecho correrse tantas veces, que sus piernas se habían convertido en gelatina y se había apoyado en él para no caer al suelo.
—¿Te pasa algo?
—Yo no creo esto de ti —esperó que Duncan dijera algo—, eres muy serio, pero no… tú no eres así.
—¿Cómo no soy? —ella se quedó callada—, ¿o cómo soy? —Maya le acarició la barbilla—. ¿No te atreves a decírmelo? Sé como soy.
—«¿!de putas!?» —gritó para sí, acababa de releerlo. Duncan soltó una carcajada. Le divertía verla tan furiosa y que Denise creyera que él pagaría por sexo. Se había equivocado con aquella pelirroja lujuriosa, en el fondo era una puritana.
—Hemos llegado —anunció Duncan, bajó del coche y le abrió la puerta a Maya. Maya le estrechó la mano al bajar del coche ante su casa, siempre se despedía así.
Max les había presentado fugazmente durante una fiesta: “Mi nuera, mi socio”. Duncan no tuvo tiempo de echarle más que un vistazo, Max la había arrastrado hacía otro grupo de gente. Le pareció joven, pequeña, y tímida, muy tímida. Nunca se la habría imaginado así. Había vuelto a verla después, cuando se había acercado tímidamente a despedirse de él en el aparcamiento. Se había preparado para un par de besos superficiales pero ella le había sonreído con los ojos, no con los labios, y había extendido la mano ante él y ante Sabrina, ante el estupor de ambos, “No me gusta besar.” Y les había estrechado la mano.

martes 2 de septiembre de 2008

Show must go on

Queen: Show must go on
Empty spaces - what are we living for
Abandoned places - I guess we know the score
On and on, does anybody know what we are looking for...
Another hero, another mindless crime
Behind the curtain, in the pantomime
Hold the line, does anybody want to take it anymore
The show must go on,
The show must go on
Inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on.
Whatever happens, Ill leave it all to chance
Another heartache, another failed romance
On and on, does anybody know what we are living for?
I guess Im learning, I must be warmer now
Ill soon be turning, round the corner now
Outside the dawn is breaking
But inside in the dark Im aching to be free
The show must go on
The show must go on
Inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on
My soul is painted like the wings of butterflies
Fairytales of yesterday will grow but never die
I can fly - my friends
The show must go on
The show must go on
Ill face it with a grin
Im never giving in
On - with the show -
Ill top the bill, Ill overkill
I have to find the will to carry on
On with the -
On with the show -
The show must go on...

domingo 24 de agosto de 2008

Gadi II

—¡Shalom, Becker! —Gadi se giró y se la quedó mirando sin poder creérselo. Estaba apoyada, con la pierna encogida, dejando que sus manos acariciasen la pared.

—¿Qué haces aquí? —había dicho en el kibutz que iba a patrullar cerca de la frontera, nadie le había preguntado por qué se iba sólo, él era Gadi. Conocía aquella vieja casa. Había pasado muchas noches de guardia en aquel lugar durante la guerra. Creía haberle hablado de aquel lugar, una vez… pero ella no podía saber como llegar hasta allí y no había oído el ruido de ningún coche.

—¿Tú qué crees? —se separó de la pared estirando la pierna y se colocó a dos pasos de él.

—¿Lo sabe Marty? —necesitaba separarse de ella, aunque sólo fuese mentalmente. Dar un paso atrás significaría demostrarle su debilidad… Podía sentir su olor. Olía tal como la recordaba. Sabía que ella conocía el efecto que tenía sobre él. Estaba más delgada, Marty le había dicho que había empezado a fumar.

—Dudo que haya algo en el mundo que Marty no sepa. Al menos en esta parte del mundo —Lara miraba a Gadi preocupada. Parecía cansado, en realidad parecía agotado. Le brillaban los ojos, parecía tener también fiebre. Recordó la primera vez que se habían visto. Aquel hombre alto y delgado con gabán negro en la estación de tren, al que había confundido con su profesor de matemáticas. Sonrió al recordarlo, no se parecía en nada al profesor Meyer.

—¿A qué has venido? ¿A salvarme? —una sonrisa amarga iluminó brevemente el rostro de Gadi.

—No, Becquer —Lara torció levemente la cabeza. Los ojos de Gadi le fascinaban desde la primera vez que los había visto en aquella estación, había sentido como la miraban y como la atrapaban. Se acercó a él despacio, y puso las manos suavemente sobre su pecho—: A hacer el amor contigo —dijo suavemente y poniéndose de puntillas le besó con la misma suavidad la nariz. Gadi atrapó su nuca y buscó sus labios con los suyos.

—¿Realmente me deseas? —preguntó él casi tímidamente. Se había separado de ella nada más besarla, como temiendo no ser capaz de soltarla.

—¿Realmente me deseas tú a mí? —respondió ella con esa sonrisa tímida perenne que le iluminaba el rostro.

viernes 22 de agosto de 2008

Safo

…yo te buscaba y llegaste,
y has refrescado mi alma
que ardía de ausencia.

martes 1 de julio de 2008

Por esto


"Ani ohevet otja, flaquito"

miércoles 25 de junio de 2008

El vampiro de Munch

"El vampiro"
Recuerdo que cuando vi por primera vez el cuadro tuve que fijarme porque no era capaz de saber cual de los dos era el vampiro... curioso, no?

sábado 14 de junio de 2008

Pensando

"Chica en el balcón" Esther Peretz Arad +

domingo 1 de junio de 2008

Una furtiva lagrima

Donizzetti El Elixir de Amor

viernes 30 de mayo de 2008

Desconsuelo

Hace algún tiempo un profesor que tuve me dijo: “te desesperas fácilmente”. Hoy he leído un fragmento del último libro que he comprado, en el que un guerrero samurai (un adolescente de doce años en realidad) descubría el gran enemigo a batir, su gran enemigo, el desconsuelo. Él no temía a la muerte, pero si temía perder lo que más quería.

En realidad lo que más temor le producía era ese pesar, ese manto gris que cae sobre su víctima y le va ahogando hasta que se hace invisible y deja de pesar, pero sigue ahí, es como aquel proverbió chino que descubrí una vez “no puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí que anide en ella.”

El desconsuelo se queda, aparece en cuanto tiene un poco de espacio y puede devorar todo lo que haya por hermoso y bonito que sea.

Hay quien es capaz de hacerlo desaparecer, con una simple sonrisa, con una frase, con un “todo irá bien”, con una carcajada, con una historia,… o a veces sirve un simple “Shalom”.

La culpa

He confundido la culpa con la responsabilidad, ahora me doy cuenta. Mi forma de evitar la responsabilidad, mi responsabilidad, en todo aquello que me pasaba en la vida no era como la de aquel personaje que decía después de haber destrozado algo “¿he sido yo?” o aquel aún más conocido que soltaba un “yo no he sido”… mi frase siempre fue “no es lo que parece, tengo mis razones”.

Claro que había razones siempre había mil razones, de puertas para adentro me sentía culpable, pero no responsable. Habían sido las circunstancias o un mal calculo, o lo que fuera. Daba igual.

La gente se enfadaba, pero no era responsabilidad mía, yo metía la pata, pero no era responsabilidad mía; al mismo tiempo me sentía completamente culpable porque no sabía como solucionar lo que había estropeado y porque no podía soportar la idea de que alguien pudiera estar enfadado conmigo. Esa era mi obsesión. Pero hay cosas que son completamente imposibles, que no se pueden solucionar. Además, todo el mundo tiene derecho a enfadarse.

A veces sólo hay una forma de arreglar las cosas y es decir un sencillo lo siento, un lo siento que no esté lleno de miedo, y que no pretenda el perdón (aunque realmente sea lo que ansiemos). Ese lo siento tiene que ir acompañado de un “ha sido culpa mía, yo soy responsable de lo que pasó”.

De vez en cuando no te perdonan, pero ¿cómo van a perdonarte si no te perdonas tu misma? ¿Cómo van a perdonarte, si parece que no te importara lo que ha pasado y sólo pretendieras volver a ese estado de calma en el que te encontrabas?

Y hay quien lo nota, y se siente herido por ello. Porque se da cuenta de que quizás no sea su dolor lo que te haya hecho reaccionar, si no la incomodidad que te ha creado.

Por eso a veces los “lo siento” están tan vacíos.

miércoles 28 de mayo de 2008

esbozo

Siento como propio, como algo conocido, esa especie de alineamiento que siente el personaje de Woody Allen en casi todas sus películas, esa especie de Anhedonia que le persigue y que le hace difícil, si no, imposible ser feliz en la vida a pesar de ser amado, tener éxito, ser reconocido… y tener la posibilidad de hacer lo que le gusta.

Entiendo ese alivio que siente leyendo un buen libro, escuchando una gran canción, pero sobre todo dentro de una sala de cine.

Ese alivio, ese soñar despierta en la sala de un cine, en el que a veces (muchas veces, miles de veces, millones de veces) tu mente se despierta, y tu imaginación empieza a fantasear y te hace formar parte de la escena, recitando los diálogos de Blanche Dubois y Stanley Kowalski, o te ves pidiéndole consejo a Bogart en asuntos amorosos, o crees que puedes entrar en la pantalla o hacer que salga de ella quien tu quieras, el protagonista de la película un aventurero que se ha fijado en ti, en tu cara triste y quiere conocerte.