sábado, 10 de junio de 2017

domingo, 21 de agosto de 2016

Haan y Magda Beijing



La luz que entraba por la ventana iluminaba su rodilla. Era el único pedazo de su piel que no estaba tapado por las sábanas. Se levantó de la cama, se pasó la mano por el pelo, aún seguía medio dormida. Se había despertado hacía al menos una hora, pero no se había levantado de la cama, le gustaba quedarse quieta junto a su cuerpo y notarlo junto al suyo.
Él se había despertado mucho antes, hacía demasiado tiempo que no conseguía dormir, aunque fingía para que ella no se preocupase. Con ella a su lado conseguía descansar su cuerpo, aunque no su cabeza. Su cabeza no quería dejarse vencer. Se había pasado casi toda la noche mirándola mientras dormía. Tenía la piel muy blanca, aún era invierno. Tenía toda la piel blanca, tan blanca que parecía hecha de porcelana. Al amanecer su piel se iluminaba con la tenue luz que se filtraba por las rendijas de las contraventanas.
A él le gustaba el color de sus ojos. Era lo único que odiaba de que ella durmiese, para dormir cerraba sus ojos. Tenía unos ojos claros y a la vez oscuros. Castaños, brillantes, claros, eran sorprendentes, de color arena. Tenía ojos de color de playa. Le gustaba cuando ella le miraba. Porque le miraba como si estuviera explorándole. Como si quisiera a la vez conocerle y conquistarle. Quería poseerle. Del mismo modo que se poseían, cuando hacían el amor. Profundamente, sin miramientos. Sin nada más que ellos sin desvíos, nada más que gritos, susurros y murmullos.
En aquellos momentos no importaba nada, nada que ocurriera fuera de aquella habitación. El resto del mundo desaparecía. Fuera de aquella habitación no había nada. El mundo había muerto y todos sus habitantes con él.
Abrió los ojos.
—¿Por qué no te quedas?
—Tengo clase a primera hora, con el profesor Hsu.
—Te llevo en coche.
—Yun me recogerá —extendió la mano hacia la luz. Tenía que ir a ver a la doctora por la tarde—, no te preocupes.
—¿Te duele?
Magda asintió. Se había roto la mano de la forma más tonta, se le había caído la plancha en la mano al abrir el armario y le había roto un par de huesos. Estaba casi curada, pero aún le costaba moverla. Y dolía.
Haan fue a su nevera, la abrió, pero no había ninguna sorpresa. Sólo le quedaban un par de manzanas, debía ir a hacer la compra. Con la quimio había perdido el gusto, casi todo le sabía a medicina, o a nada. Las manzanas eran de las pocas cosas que le sabían a algo.
Cogió una de las manzanas y se la ofreció a Magda, no la soltó y dejó que ella la mordiera. Magda mordió de la manzana, desnuda, sentada en la cama, la manzana que él sujetaba en la palma de la mano, de pie, junto a ella, desnudo.  

Haan abotonó uno a uno los botones de la camisa. Cogió el pantalón, lo dejó en el suelo y esperó mientras Magda metía los pies en las perneras e intentó subírselas con una sola mano, le costó, lo logró pegando tirones. Pero no podía abotonarlos. Haan subió la cremallera y abotonó el pantalón.
—¿Por qué no te quedas? —preguntó Haan, con su chaqueta de la mano.
—Tengo clase —deseaba quedarse,… pero no podía hacerlo.
—Olvídala.
—Mi profesor es un hombre muy exigente. Se dará cuenta de que no estoy. No puedo faltar ni un día más a clase —había faltado demasiado por aquel estúpido accidente. .
—Tienes una causa justificada —sabía que Magda no iba a cambiar de opinión, el accidente le había hecho faltar a muchas clases—. Bueno, ¿volverás esta noche?
—Tengo un examen mañana, tengo que estudiar.
—¿De qué?
—Con el profesor Hsu. Tengo que impresionarle con mis conocimientos.
—Bueno… —se rindió, le habría gustado estar con ella esa noche—, tenemos un problema.
—¿Qué pasa?
—Nos olvidamos de algo —Haan cogió el sujetador que estaba colgado en la cabecera de la cama con la punta de los dedos. 
Magda levantó los brazos y Haan metió la mano en el pantalón y tiró de los faldones.
—No quiero llegar tarde —murmuró en el oído de Haan.
—Estudias demasiado —desabotonó los botones superiores de la camisa, los justos para sacarle la camisa por la cabeza. Le puso el sujetador, pasó los tirantes por sus brazos y los subió por sus hombros y lo abrochó a su espalda. Se colocó a su espalda, y metió la mano por debajo del sujetador, colocando un pecho en cada una de las copas. Era un gesto de coquetería, pero se sentía obligado a hacerlo.
—Si sigues tocándome así, tendrás que desnudarme.
—Tienes clase —murmuró Haan en su oreja. Le gustaba tenerla tan cerca de él.
Haaan le ayudó a ponerse la camisa, y después la chaqueta.
Parecía tan triste porque ella se iba que Magda no pudo evitar abrazarle, sin poner la mano izquierda sobre su espalda. Había cometido ese error una vez y había acabado aullando de dolor. Haan la besó, odiaba despedirse. Más aún en la puerta, se sentía como una amante despidiendo a su amante casado, justo antes de que este volviese a su casa con su mujer y sus hijos.
—¿Magda? ¿Tienes hijos?  
—Sólo uno, y no come mucho —bromeó. No entendía a qué venía esa sonrisa triste, ¿se sentía quizás abandonado?—. ¿Puedo venir mañana? —a veces sus agendas no coincidían.
—Tendré trabajo.
—¿Y pasado?
—Mejor el lunes.
—¿5 días?
—Tengo una conferencia este fin de semana en Sinchuan. Te lo dije.
—¿Ya? Es muy pronto.
Magda salió de la casa. Cerrando la puerta tras de sí. Caminó por el largo pasillo hasta las escaleras. Las bajó corriendo, pero intentando no hacer demasiado ruido. Salió al patio, atravesó la explanada y llegó hasta la moto, se puso el casco con una sola mano. Sabía que Haan no estaría mirando, pero se dio la vuelta para mirar su ventana. Esperó durante un buen rato. Yuu se estaba retrasando.
Haan se vistió, a su pesar él también tenía cosas que hacer. Esperaba escuchar el ruido de la moto de Magda al arrancar. La mañana era silenciosa, extrañamente silenciosa. Oyó el ruido de una puerta al abrirse. Una voz decía «lo siento». Pasados unos segundos el ruido del motor de la moto al arrancar y Magda se había ido. Y a pesar de todo, Haan sabía lo de Yuu.
Yuu había salido tarde, normalmente era él quien esperaba a Magda, pero aquella mañana se había quedado dormido. Se había vestido a toda prisa y había bajado corriendo las escaleras. Atravesó corriendo el patio al verla ya sentada esperando en la moto. Cogió el caso que Magda le tendía y se lo puso, se sentó delante de Magda y encendió el motor. Gritó un «lo siento» que el ruido del motor ahogó. Magda se abrazó a él con fuerza y se fueron. 

....

lunes, 30 de noviembre de 2015

martes, 6 de octubre de 2015

domingo, 2 de agosto de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

Cambios



Todos deseamos cambiar, deseamos ser mejores, deseamos ser especiales, deseamos ser normales.
¿Pero cuanto de ese cambio es “normal” o aceptable? ¿Cuánto podemos cambiar? ¿Podemos dejar de ser físicamente hombres o mujeres? ¿Podemos dejar de ser gays o de ser heterosexuales? (¿Quién no ha pensado en ello después de una serie de relaciones desastrosas con alguien del otro sexo?)
¿Cuánto podemos cambiar? ¿Cuánto de nosotros no es esencial? ¿Cuánto no forma parte de esa esencia que nos convierte en la persona que somos? Ser gay o heterosexual o bisexual es lo que nos marca como persona? ¿Ser hombre o mujer? ¿Tener los ojos azules? ¿El pelo oscuro? ¿Quizás el color de la piel?
Vivimos en una época de cambio donde cosas inamovibles ya no lo son.
¿Y si existiera una pastilla que pudiera curar la homosexualidad? ¿o la heterosexualidad? ¿Y si tomando una pastilla pudiéramos ser más altos? ¿Tener la piel más clara o más oscura?
¿Y si pudiéramos ver el mundo de la misma forma en la que “la gente normal lo ve”?
¿Deberíamos tomar esa pastilla?
El cambio es necesario, dicen. Y en este época en la que tantos cambios “esenciales” o no tanto, pueden llegar a hacerse posibles. ¿Cuánto cambiaremos sin cambiar nuestra propia esencia?
O, ¿qué es lo que esencialmente nos define?

lunes, 15 de diciembre de 2014

lunes, 8 de diciembre de 2014

Kaname y Luna


Trenzas




—¡Tienes las coletas torcidas! —eso llevaba corroyéndole desde que la había visto salir del coche. Era una niña preciosa, con un vestido precioso, realmente educada, aunque algo tímida. Aquellas coletas no pegaban, estaban fuera de lugar.


—No digas eso —dijo con una voz muy suave, mirando al suelo.
—¿Te las has hecho tú? No están mal, para alguien tan pequeño —¿cuántos años tendría?, ¿tres, cuatro?
La niña frunció el ceño y le embistió con la cabeza, molesta, haciéndole tambalearse.
—¡Eh…! —no podía creer que le hubiera hecho algo así.
—¡Noel! No puedes pegar a la gente cuando te digan algo que no te gusta.
—No le gusta mi pelo.
—¿Qué tienes contra el pelo de mi hija? —conocía a Lisa, sabía que estaba a punto de pegarle un puñetazo y no sabía por qué. Sólo había dicho que las coletas estaban torcidas, no era para ponerse así. Pero debía pasar algo con el pelo de Noel, quizás incluso con sus ojos. Parecía una niña muy directa, pero solía rehuir la mirada de la gente, lo había notado las veces que la había visto con Lisa.
—Sólo he dicho que las coletas estaban torcidas.
—¿Noel?
El teléfono de Lisa sonó y palideció al reconocer el número—: ¡Discúlpate, Noel! Es una llamada importante —entró en la casa, buscando algo de privacidad y mejor cobertura.
—Lo siento, Jin-san —hizo una profunda reverencia.
Jin cogió un mechón del pelo de Noel—: Es bonito —tiró de las gomas de las coletas hasta deshacer las dos.
—¡Eh! ¡Me las hizo Eiki!
—¿Nomura? Es realmente malo… ¿Cómo dejas que peine ese precioso pelo?
—Papá y mamá trabajan mucho, Eiki cuida de mí. Él me peina y me ayuda a vestirme.
Jin se tapó la boca con la mano, eso lo explicaba todo. Se había molestado porque Eiki era quien la peinaba, tenía que defenderle. Sacó un cepillo de la cartera que llevaba al hombro, y empezó a peinarla, tenías las gomas en la muñeca. Sacó la botella de agua y mojó un poco el pelo y sus manos, para poder peinarla bien y fue trenzando el pelo en dos largas trenzas. Con el pelo entre sus dedos, notó que algo no iba bien, había un gran trasquilón que Eiki había intentando tapar. Alguien le había cortado el pelo salvajemente. Tenía varios trasquilones más.
—No les gusta mi pelo, dicen que no se parece al de mi padre.
—A mí me gusta. Tiene un color bonito.

—Le encanta —sonrió—. No ha dejado de pavonearse con el peinado por toda la casa. Se te da bien.
—Es una simple trenza, es como trenzar cuerda.
—Lo has visto. No se me da bien peinar —se tapó la cara con la mano—. Y me cuesta no ir a su clase a pegar a ese par de niños. No la dejan en paz. El otro día le tiraron un vaso de zumo de uva sobre su vestido nuevo. Se puso el abrigo por encima y no dijo nada. No sé qué hacer con ella. No sabe defenderse.
—Me pegó.
—Eso es raro.
—Dije que tus coletas estaban torcidas.
Eiki se soltó a reír a carcajadas—: I love her so much.
—¿No te da vergüenza decir algo así?
—No, esperaré a que cumpla 20 años, se la robaré a sus padres y me la quedaré para mí.  
—Pervertido.
—Me cambiaré el nombre de Eikichi a Echi. ¿Te gusta Noel?
—¿Qué tipo de pregunta es esa?
—No sé si podría estar con alguien al que no le gustara Noel.
—Siempre que no le digas que piensas abandonarle en cuanto Noel cumpla 20 años, no creo que le importe. 
—Pues tú ya lo sabes —cerró los ojos—. Así que tengo un problema.

lunes, 27 de octubre de 2014

Ausencia

Tu ausencia duele, como un cuchillo clavado en el alma que no deja de removerse, y que no deseo arrancar.

sábado, 25 de octubre de 2014

sábado, 20 de septiembre de 2014

miércoles, 23 de abril de 2014