viernes, 12 de diciembre de 2008

Flores blancas

Eric se sienta en el suelo. Totalmente erguido. Tiene ante él el sable aún en su funda. Sara y Jules permanecen a distancia. No pueden intervenir. Jules ha dejado su abrigo en el suelo. Ha sacado la katana de la bolsa. La mira. Se pregunta... Deja la mente en blanco.

Eric mira dulcemente a Sara. Siente orgullo. Sara parece entera. Sigue recitando el Sutra. En voz baja. Eric oye como resuena en su cabeza. Le gusta el sonido de la voz de Sara. Siente no contarle a Sara su pequeño secreto. Pero es mejor así. Piensa para ella—: Sigue —en su mente repite aquel pequeño poema zen que le gusta tanto. El de la rana y el estanque—:


Furuike ya
Kawazu tobikomu
Mizu no oto

La estirpe del lobo

El miedo le rodeaba. Unos ojos brillantes y fieros le observaban. No eran como nada que hubiera visto. Y sin embargo creyó reconocerlos. En algún sitio en su cabeza, allí en lo más hondo, estaban. Sí, allí estaban. Y entonces despertó.
Despertar le hizo olvidar ese miedo, esos ojos. Pero no olvidó la oscuridad que le envolvía en su sueño. No recordaba lo que le había despertado. Parecía algo fantasmagórico. Pensó que quizás seguía durmiendo. Miró el reloj. Era medianoche. No había dormido más de una hora y se sentía como si hubiese estado durmiendo durante días. Se levantó y se paseó por la habitación. Entonces alguien trató de abrir la puerta con cuidado evitando hacer ruido. Se preparó dispuesto a saltar sobre el intruso. Una sombra entró en la habitación, le miró durante unos instantes. Estaba preparado, sus músculos estaban en tensión y sentía de repente todo a su alrededor...
La sombra le habló. Y entonces él se relajó. Reconoció aquella voz, y se sentó en la cama. Dispuesto a volver a ella, dispuesto para dormir. Era su madre.
Le miraba de un modo extraño y le hablaba. Las palabras salían de su boca y él aunque las oía era incapaz de entenderlas. Poco a poco se fue calmando y logró entender.
—Tienes que irte —decían—. Han venido a recogerte. Tu padre ha hecho tu equipaje —continuaban. Él sintió como las palabras le ardían en la garganta a su madre. Como si no quisiera pronunciarlas, pero no pudiese retenerlas en la boca.
—¿Quién? —logró decir. Sus pensamientos volaban dentro de su cabeza demasiado rápido como para poder entenderlos. Se alegraba de estar sentado porque si hubiera estado de pie se habría desplomado.
—Ella —las palabras enmudecieron. Él se dio cuenta de que lloraban. De que lo que pasaba no les gustaba, pero no podían evitarlo. Su madre se fue. Y él se vistió porque era lo que tenía que hacer. No quería disgustar más a su madre.
Fuera en el césped sentada sobre la hierba había una chica. Era demasiado joven para ser una mujer o al menos eso le pareció. Miraba la luna con verdadera devoción. Como si en ella se hallase oculto el más maravilloso de los misterios. Él salió, dejó la maleta junto a la puerta y se sentó junto a ella. Era joven, no tanto como ella. Pero lo era. Sus ojos eran grises, profundos y tristes. Unos ojos más claros les miraban desde una ventana de la casa. Los ojos sufrían. Sabía que iba a suceder, sin llegar a saberlo del todo. Nunca habían querido saberlo. Era demasiado doloroso para ellos. Los ojos habían olvidado que el dolor fuese tan grande. Sus ojos estaban allí, hablando con otros ojos...
Una nube apagó la luna. El cielo se oscureció y los ojos grises susurraron y los otros ojos asintieron sonriendo,... y al final los ojos grises se marcharon.
Él salió a la calle, observó el cielo y sintió algo extraño al saber de algún modo que cuando volviese nada sería igual. La chica estaba ante él y le miraba a él con su maleta en la mano. Sin nadie que se lo dijese, supo que ella era Ella.
Ella se dirigió a él en una lengua extraña o al menos eso le pareció. Él no lograba entenderla. Sus palabras llenaban su mente sin lograr entenderla. Sintió miedo. Recordaba lo que había pasado antes en su habitación con su madre. No quería desmayarse ante ella. No quería parecer débil.
Alguien respondió, sabía que no era él. Las palabras hablaban en el mismo idioma. Ella emitió palabras que respondían a las palabras que flotaban a su alrededor. Las palabras preguntaron o contestaron o simplemente dijeron y él se perdió en el mar de palabras sin significado. En el mar de sonidos que le rodeaba y por un instante volvió a pensar que estaba soñando.
De repente la luna volvió y vio a su madre asomada a la ventana y a pesar de que no movió los labios oyó claramente su voz que decía: «Buena suerte.»
Entonces descubrió la razón por la que no se había desmayado. Su padre le abrazaba como cuando era pequeño y tenía una pesadilla. Se sintió de repente seguro y le entró miedo al mismo tiempo.
La chica se dio la vuelta y se dirigió a la calle. Se alejaba de la casa. Él sabía que debía seguirla. Tenía que irse con ella.
Ante su casa había una furgoneta negra y brillante. Una mujer enorme les esperaba. Cogió la maleta y se dirigió a abrir la puerta de atrás. Lanzó la maleta dentro y sujetó la puerta hasta que la chica entró y cerró con llave. Él se giró para despedirse. No sabía por cuanto tiempo. Sabía que echaría a todos de menos. Miró a su madre y con su pensamiento le dijo «adiós». Miró a su padre y se asustó ante la posibilidad de no volver a ver su cara. Agitó la mano y se metió en la furgoneta. Siguió mirando la casa mientras se alejaban y sintió mucho más miedo del que había soñado. Estaba sentado junto a la enorme mujer que conducía. Parecía agradable. No sabía si decir algo. O simplemente callar. Pero él quería saber a dónde se dirigían. Y..., ¿por qué?
—¿Tienes hambre? Será un viaje largo. Hay bocadillos en la guantera.
—¿Adónde vamos?
—A casa. ¿Es que no te han dicho nada? —le miraba sorprendida.
—No.
—Bueno. Tú siéntate y descansa. Es un viaje largo.
—¿Cómo es?
—¿Mi casa? —Bill asintió—. Ya lo verás. Me llamo Carol.
—Yo soy Bill.
—No eres muy alto… ¿Cuántos años tienes? ¿12? ¿14?
—15.
—¿15 años?
—Tengo la misma edad que ella —se sintió ofendido. Sabía que no era tan alto como su padre o aquella mujer, pero eso no quería decir que fuera un niño.
—¿15 años? Ella no tiene 15 años —Carol sonrió—. ¿Por qué no te duermes? Prometo despertarte.

martes, 23 de septiembre de 2008

En la claridad (7)

«—¿Me regalas una canción —acariciaba la oreja de Maya con su aliento y la punta de su lengua—, en mi oído? —jugaba con su pelo, evitaba mirarla a los ojos, porque sus ojos quemaban. ¿Cómo una mujer tan tímida podía transmitir tanta pasión, tanto deseo?
—¿Q-qué quieres que te cante? —su voz temblaba. En realidad era todo su cuerpo el que temblaba al sentirle tan cerca. Sentía el calor que emanaba de su piel. Las manos que apenas le acariciaban parecían que la quemaban.
—Déjame que ponga música, yo te afinaré, tú sólo tendrás que buscar la letra —sus ágiles dedos se colaron por debajo de la camisa de Maya, y ella comenzó a gemir—-, pero si aún ni te he tocado —soltó una carcajada.
Susurró en su oreja con su aliento húmedo—: Gime para mí, canta para mí —rozó sus pezones por encima del sujetador—, tanto por afinar… ¡qué delicia! —lamió su cuello, haciéndola gritar —. ¿Ves como te sabes la letra?
Maya le apartó de un empujón.
—Disculpa —Duncan se apartó de ella y se sentó en el sofá. Intentaba no mirarla llevaba la blusa entreabierta y podía ver sus pechos casi desnudos—: ¡Maya!
—¿Sí? —le miraba con la cabeza ladeada, los labios entreabiertos y húmedos y Duncan se arrepintió de haberle dicho nada. Sintió ganas de besarla, de tirarla sobre la mesa que había detrás de ella y terminar lo que había empezado.
—¡Tápate! ¡o te juro que te tiraré sobre esa mesa y no respondo de lo que pueda hacerte! —podía olerla, toda la habitación olía a ese maldito perfume. Si seguía oliendo ese perfume le iba a dar igual. Desnuda, vestida, sobre la mesa, contra la pared… no iba a tener piedad.»
Lo recordaba… por eso había querido salir de aquella habitación de Hong Kong. Aún podía recordar a Maya con la camisa abierta ofreciéndole los senos. Y ese olor…
—¿Tú nunca cambias de perfume? —soltó sarcástico.
—¿Por qué? —Maya le miraba sin entender el sentido de aquella pregunta, apoyada en la otra pared del gran ascensor—. Sé cuánto te excita —bromeó. Duncan se acercó a ella y la sonrisa se borró de sus labios. Sólo fue un paso. Un simple paso, pero Maya se puso nerviosa. Sonrió aliviada al ver que las puertas se abrían y que podía escapar por debajo del brazo de Duncan. Tomaría ese café y se iría a casa—: ¿En qué pensabas?
—En nada —Duncan dio un paso atrás. Ahora era Maya la que estaba peligrosamente cerca.
—Ahora eres el que me empuja a mí.
Duncan soltó una carcajada. En momentos como aquellos sospechaba que Maya era una pequeña bruja.

lunes, 15 de septiembre de 2008

En la claridad (6)

«—Tienes una vagina preciosa —lo dijo con la misma emoción con la que alababa la gestión de una fabrica, o el trabajo de su secretaria…» Maya leía sentada en el coche. No podía creer que Denise hubiera escrito algo así de Duncan, se sentía extrañamente ofendida. Ella no le conocía como para poder hablar de él así. ¿Emoción? Era ella la que había sentido sus dedos acariciándola. La había hecho correrse tantas veces, que sus piernas se habían convertido en gelatina y se había apoyado en él para no caer al suelo.
—¿Te pasa algo?
—Yo no creo esto de ti —esperó que Duncan dijera algo—, eres muy serio, pero no… tú no eres así.
—¿Cómo no soy? —ella se quedó callada—, ¿o cómo soy? —Maya le acarició la barbilla—. ¿No te atreves a decírmelo? Sé como soy.
—«¿!de putas!?» —gritó para sí, acababa de releerlo. Duncan soltó una carcajada. Le divertía verla tan furiosa y que Denise creyera que él pagaría por sexo. Se había equivocado con aquella pelirroja lujuriosa, en el fondo era una puritana.
—Hemos llegado —anunció Duncan, bajó del coche y le abrió la puerta a Maya. Maya le estrechó la mano al bajar del coche ante su casa, siempre se despedía así.
Max les había presentado fugazmente durante una fiesta: “Mi nuera, mi socio”. Duncan no tuvo tiempo de echarle más que un vistazo, Max la había arrastrado hacía otro grupo de gente. Le pareció joven, pequeña, y tímida, muy tímida. Nunca se la habría imaginado así. Había vuelto a verla después, cuando se había acercado tímidamente a despedirse de él en el aparcamiento. Se había preparado para un par de besos superficiales pero ella le había sonreído con los ojos, no con los labios, y había extendido la mano ante él y ante Sabrina, ante el estupor de ambos, “No me gusta besar.” Y les había estrechado la mano.

martes, 2 de septiembre de 2008

Show must go on

Queen: Show must go on
Empty spaces - what are we living for
Abandoned places - I guess we know the score
On and on, does anybody know what we are looking for...
Another hero, another mindless crime
Behind the curtain, in the pantomime
Hold the line, does anybody want to take it anymore
The show must go on,
The show must go on
Inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on.
Whatever happens, Ill leave it all to chance
Another heartache, another failed romance
On and on, does anybody know what we are living for?
I guess Im learning, I must be warmer now
Ill soon be turning, round the corner now
Outside the dawn is breaking
But inside in the dark Im aching to be free
The show must go on
The show must go on
Inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on
My soul is painted like the wings of butterflies
Fairytales of yesterday will grow but never die
I can fly - my friends
The show must go on
The show must go on
Ill face it with a grin
Im never giving in
On - with the show -
Ill top the bill, Ill overkill
I have to find the will to carry on
On with the -
On with the show -
The show must go on...

domingo, 24 de agosto de 2008

Gadi II

—¡Shalom, Becker! —Gadi se giró y se la quedó mirando sin poder creérselo. Estaba apoyada, con la pierna encogida, dejando que sus manos acariciasen la pared.

—¿Qué haces aquí? —había dicho en el kibutz que iba a patrullar cerca de la frontera, nadie le había preguntado por qué se iba sólo, él era Gadi. Conocía aquella vieja casa. Había pasado muchas noches de guardia en aquel lugar durante la guerra. Creía haberle hablado de aquel lugar, una vez… pero ella no podía saber como llegar hasta allí y no había oído el ruido de ningún coche.

—¿Tú qué crees? —se separó de la pared estirando la pierna y se colocó a dos pasos de él.

—¿Lo sabe Marty? —necesitaba separarse de ella, aunque sólo fuese mentalmente. Dar un paso atrás significaría demostrarle su debilidad… Podía sentir su olor. Olía tal como la recordaba. Sabía que ella conocía el efecto que tenía sobre él. Estaba más delgada, Marty le había dicho que había empezado a fumar.

—Dudo que haya algo en el mundo que Marty no sepa. Al menos en esta parte del mundo —Lara miraba a Gadi preocupada. Parecía cansado, en realidad parecía agotado. Le brillaban los ojos, parecía tener también fiebre. Recordó la primera vez que se habían visto. Aquel hombre alto y delgado con gabán negro en la estación de tren, al que había confundido con su profesor de matemáticas. Sonrió al recordarlo, no se parecía en nada al profesor Meyer.

—¿A qué has venido? ¿A salvarme? —una sonrisa amarga iluminó brevemente el rostro de Gadi.

—No, Becker —Lara torció levemente la cabeza. Los ojos de Gadi le fascinaban desde la primera vez que los había visto en aquella estación, había sentido como la miraban y como la atrapaban. Se acercó a él despacio, y puso las manos suavemente sobre su pecho—: A hacer el amor contigo —dijo suavemente y poniéndose de puntillas le besó con la misma suavidad la nariz. Gadi atrapó su nuca y buscó sus labios con los suyos.

—¿Realmente me deseas? —preguntó él casi tímidamente. Se había separado de ella nada más besarla, como temiendo no ser capaz de soltarla.

—¿Realmente me deseas tú a mí? —respondió ella con esa sonrisa tímida perenne que le iluminaba el rostro.

viernes, 22 de agosto de 2008

Safo

…yo te buscaba y llegaste,
y has refrescado mi alma
que ardía de ausencia.

martes, 1 de julio de 2008

Por esto


"Ani ohevet otja, flaquito"

miércoles, 25 de junio de 2008

El vampiro de Munch

"El vampiro"
Recuerdo que cuando vi por primera vez el cuadro tuve que fijarme porque no era capaz de saber cual de los dos era el vampiro... curioso, no?

sábado, 14 de junio de 2008

Pensando

"Chica en el balcón" Esther Peretz Arad +

domingo, 1 de junio de 2008

viernes, 30 de mayo de 2008

Desconsuelo

Hace algún tiempo un profesor que tuve me dijo: “te desesperas fácilmente”. Hoy he leído un fragmento del último libro que he comprado, en el que un guerrero samurai (un adolescente de doce años en realidad) descubría el gran enemigo a batir, su gran enemigo, el desconsuelo. Él no temía a la muerte, pero si temía perder lo que más quería.

En realidad lo que más temor le producía era ese pesar, ese manto gris que cae sobre su víctima y le va ahogando hasta que se hace invisible y deja de pesar, pero sigue ahí, es como aquel proverbió chino que descubrí una vez “no puedes evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza, pero sí que anide en ella.”

El desconsuelo se queda, aparece en cuanto tiene un poco de espacio y puede devorar todo lo que haya por hermoso y bonito que sea.

Hay quien es capaz de hacerlo desaparecer, con una simple sonrisa, con una frase, con un “todo irá bien”, con una carcajada, con una historia,… o a veces sirve un simple “Shalom”.

La culpa

He confundido la culpa con la responsabilidad, ahora me doy cuenta. Mi forma de evitar la responsabilidad, mi responsabilidad, en todo aquello que me pasaba en la vida no era como la de aquel personaje que decía después de haber destrozado algo “¿he sido yo?” o aquel aún más conocido que soltaba un “yo no he sido”… mi frase siempre fue “no es lo que parece, tengo mis razones”.

Claro que había razones siempre había mil razones, de puertas para adentro me sentía culpable, pero no responsable. Habían sido las circunstancias o un mal calculo, o lo que fuera. Daba igual.

La gente se enfadaba, pero no era responsabilidad mía, yo metía la pata, pero no era responsabilidad mía; al mismo tiempo me sentía completamente culpable porque no sabía como solucionar lo que había estropeado y porque no podía soportar la idea de que alguien pudiera estar enfadado conmigo. Esa era mi obsesión. Pero hay cosas que son completamente imposibles, que no se pueden solucionar. Además, todo el mundo tiene derecho a enfadarse.

A veces sólo hay una forma de arreglar las cosas y es decir un sencillo lo siento, un lo siento que no esté lleno de miedo, y que no pretenda el perdón (aunque realmente sea lo que ansiemos). Ese lo siento tiene que ir acompañado de un “ha sido culpa mía, yo soy responsable de lo que pasó”.

De vez en cuando no te perdonan, pero ¿cómo van a perdonarte si no te perdonas tu misma? ¿Cómo van a perdonarte, si parece que no te importara lo que ha pasado y sólo pretendieras volver a ese estado de calma en el que te encontrabas?

Y hay quien lo nota, y se siente herido por ello. Porque se da cuenta de que quizás no sea su dolor lo que te haya hecho reaccionar, si no la incomodidad que te ha creado.

Por eso a veces los “lo siento” están tan vacíos.

miércoles, 28 de mayo de 2008

esbozo

Siento como propio, como algo conocido, esa especie de alineamiento que siente el personaje de Woody Allen en casi todas sus películas, esa especie de Anhedonia que le persigue y que le hace difícil, si no, imposible ser feliz en la vida a pesar de ser amado, tener éxito, ser reconocido… y tener la posibilidad de hacer lo que le gusta.

Entiendo ese alivio que siente leyendo un buen libro, escuchando una gran canción, pero sobre todo dentro de una sala de cine.

Ese alivio, ese soñar despierta en la sala de un cine, en el que a veces (muchas veces, miles de veces, millones de veces) tu mente se despierta, y tu imaginación empieza a fantasear y te hace formar parte de la escena, recitando los diálogos de Blanche Dubois y Stanley Kowalski, o te ves pidiéndole consejo a Bogart en asuntos amorosos, o crees que puedes entrar en la pantalla o hacer que salga de ella quien tu quieras, el protagonista de la película un aventurero que se ha fijado en ti, en tu cara triste y quiere conocerte.

Sobre ideologias subyacentes (Para Zain)

Cuando era pequeña aprendí que había muchos idiomas, y viendo un capitulo de una serie titulada “las aventuras del joven Indiana Jones” descubrí al personaje de Lawrence de Arabia que le explicaba al joven Indi que “la mejor manera de entender a una persona es hablarle en su mismo idioma.”

Con más años descubrí que no sólo los idiomas eran muchos, también eran muchas las culturas, las religiones, la historia. Y me encontré con un gran dilema. Yo creía en D’s, pero… si mi D’s era cierto, el de los demás debía ser falso… ¿no?

Una película “jugando en los campos del Señor” me trajo un pensamiento en mi adolescencia. “Si D’s ha hecho el mundo tal y como es, ¿quiénes sois vosotros para cambiarlo?” ese reto le era lanzado a una pareja de misioneros que pretendían evangelizar Sudamérica. Era una buena pregunta.

Después recordé una frase que había leído una vez “Los justos de todas las naciones se salvarán”. La primera vez que la leí fue una respuesta a otra de mis dudas, ¿salva la oración o lo que hagas en tu vida? A mi no me convencía demasiado eso de ser salvado por la fe en vez de por las obras.

Y, ¿qué sucede si te has pasado la vida rezando a un D’s equivocado, o del modo equivocado, o en la lengua equivocada?

La solución a mi dilema fue aquella frase del Lawrence de Arabia de la serie, si la mejor manera de entender a una persona es hablarle en su mismo idioma, D’s que lo sabía todo haría lo mismo.

B’H, le habla al corazón del hombre en el idioma que él pueda entender. Sea esta lengua el Arte, la Religión, el Altruismo, la Duda,…

A veces el camino más directo tiene unas cuantas curvas..

Puedo ser fuerte si te gusto.

Siempre oyes “si no te quieres tu, no te querrá nadie” pero la verdad es que a veces te quieren aunque tu no te quieras. Y el milagro se produce cuando ese alguien quizás tocado por la varita de un mago o por la protección divina o por la diabólica, es capaz de hacerte sentir lo que siente por ti.

Con una mirada de soslayo, ni siquiera directa, un “me gustas” que te llega al cerebro y que tardas en desencriptar. Mensaje recibido… ¿pero qué quiere decir? Pero al final lo logras, aunque ese “me gustas” se convierta al final en un “nunca te lo perdonaré.”

O una mano bajando por tu hombro, alzas la mirada, te cruzas con unos ojos intensos y ves amor “te amo” (a pesar de que te quitaste las gafas y sin ellas ves borroso) y notas el deseo que le produces: “te deseo”. Y sabes que es cierto, y que está ahí.

O unos labios se posan en tu hombro después de haber pedido permiso "¿te importa?" y tú te preguntas ¿Por qué? no tiene porque pedirlo.

O cuando unos pies fríos se cuelan en tu cama y ponen un libro ante tus ojos y con voz infantil te susurran: “¿me lo lees?”.

O cuando una voz susurra una respuesta en tu oído “todo saldrá bien” porque tú, una vez, desesperada, se lo preguntaste.

Ese es un principio… un buen principio, pero sólo un principio.

Puedo ser fuerte si te gusto

Fruits Basket Capítulo 17 parte 3

puedo ser fuerte si

Fruits basket capitulo 17 parte 2

puedo ser fuerte

Capitulo 17 Fruits Basket Primera Parte

miércoles, 21 de mayo de 2008

Credo

El cuerpo femenino como la prueba palpable de la presencia divina según Leonard Nimoy

domingo, 18 de mayo de 2008

incomodidad

¿Existe algo que explique esa fascinación por el ser humano que al mismo tiempo nos hace a algunos, o al menos a mi, no sentir deseo de hacer algo más que mirar desde fuera el espectáculo ofrecido por lo que otros consideran vida?

Me gusta escribir, adoro escribir, pero no me gusta tanto que me lean, no soy del tipo de gente que soporte demasiado bien las críticas negativas, aunque quizás disfrute demasiado de los halagos, aunque muchas veces me pregunte qué hay realmente detrás de toda esa adulación, qué peligro escondido, qué razón oculta.

Me resulta demasiado complicado enseñar lo que he escrito, es como desnudarme, sobre todo cuando hay alguien que me conoce tan bien que puede decir sin lugar a dudas donde están las fisuras de la armadura que año tras año me he ido forjando a mi alrededor.

Un día tras otro conoces gente, gente a la que observas unos días, con la que hablas, a la que escuchas, que te hace reír, sobre todo cuanto menos te acercas a ella. Porque de una forma extraña quizás, parece que cuanto más conoces a alguien menos fascinación sientes por ella, menos cosas puedes contarle y esa forma de no contar nada, porque consideras que eso qué eres, qué sientes, sólo te pertenece a ti y no quieres compartirlo con nadie, porque eso es simple y llanamente tu, es tu esencia, te pertenece. A ti, a nadie más, sólo a ti.

En realidad es lo que muestra de si misma lo que te interesa; esa energía, esas vivencias, esa forma de ser, de mover el pelo, de reírse, de llorar, de vivir… en definitiva; pero no quieres ofrecer nada a cambio, vas ofreciendo pequeños fragmentos, cosas sin importancia, anécdotas, jamás un sentimiento, jamás algo importante. Porque eso es tuyo. Tuyo, tuyo, tuyo, sólo tuyo. Sólo a ti te pertenece.

Al mismo tiempo de una forma extraña ese alguien cuanto más cree conocerte se da cuenta de que no conoce nada –aunque a veces no se atreva a admitirlo- pero juzga en base a lo que cree, y desesperado por esa negativa tuya a abrirte, siente un deseo cada vez mayor de llegar algún día a conocerte. Y tu das un poco más, quizás por culpa, o porque en ese momento sea algo que quieras quitarte de encima, algo de lo que necesitas desprenderte, no es más que una simple hoja seca pero que es recogida como quien recoge un diamante. Y a veces te arrepientes, muchas veces, siempre, casi siempre. Eso ya no será igual. Nunca vuelve a ser igual, es como si ya no te perteneciera del todo, ya no es tuya.

A veces ese alguien tiene algo interesante, y deseas pasar algún tiempo con ella pero sabes, crees, estás segura de que en el momento en el que te conviertas en humana, se dará cuenta de que no hay nada de interés en ti y se cansará y tú no te sentirás igual, del mismo modo que cuando una piel no está acostumbrada a la luz del sol después de un día en la playa se quema, así te pasará a ti y te quedarás con esa molesta sensación de que lo mejor que podías haber hecho era no haber salido de casa.

Un día mucho más extraño aún, realmente extraño, conoces a alguien que te lee el alma con sólo decir hola, y te sientes tan aterrada que deseas profundamente desaparecer, morir, nacer, extinguirte, cantar y enmudecer, llorar y reír, porque ese milagro que pediste una vez existe y es tan dolorosamente real, tan deliciosamente real, tan verdadero que te llega a la esencia te ha hecho ser consciente por fin de la existencia de tu armadura.

miércoles, 23 de abril de 2008

Killing me sofly with his voice


"Killing me softly, Sinatra"
una canción bellisima

domingo, 20 de abril de 2008

palabras

Entusiasmo
A una mujer que se quejaba de que las riquezas no habían conseguido hacerla feliz le dijo el Maestro:

Hablas como si el lujo y el confort fueran ingredientes de la felicidad, cuando, de hecho, lo único que necesitas para ser realmente feliz, querida, es algo por lo que entusiasmarse.
Audacia

¿Qué es el amor?

La ausencia total de miedo, le dijo el Maestro.

¿Y qué es a lo que tenemos miedo?

Al amor, respondió el Maestro.
tomado de ¿Quién puede hacer que amanezca? de Anthony de Mello

martes, 18 de marzo de 2008

un viejo cuento

Recuerdo un cuento que leí hace mucho tiempo, es la historia de un gran espadachín. Había estudiado con los mejores maestros de la espada, se había batido en mil duelos, y todos los había ganado. Un día llegó un nuevo espadachín al que nadie conocía. Este le retó en duelo y él aceptó. Al amanecer del día siguiente ambos se batirían en duelo en el prado.

El gran espadachín se preparó como hacía siempre que tenía un combate. Se entrenó un poco, leyó, cenó no muy copiosamente, y se fue a descansar.

Al amanecer se encontraba en el prado frente a su adversario. Se saludó protocolariamente con él, comenzó el duelo, y justo en aquel momento pensó—: “¿Y si pierdo este combate?”

Y en aquel momento recibió la estocada fatal.

domingo, 2 de marzo de 2008

Gadi

Lara sentada en el alfeizar de la ventana fumaba y miraba el horizonte. Se oscurecía el día. Hacia tanto tiempo que no estaba así sentada en la ventana de su pequeña casa mirando la vida transcurrir al otro lado. Viajaba tanto que a veces se preguntaba porque había comprado aquella casa en la que no había pasado en total más de una semana, bueno quizás sí más de una semana… La estancia más larga que recordaba en aquel pequeño refugio comprado hacía ya siete años había sido de tres días—: Tres días —murmuró.

Era allí, junto a esa ventana del piso superior donde por primera vez se había sentido en casa.

—Creí que no fumabas —Kurtz llevaba mirándola un buen rato, esperando que notara su presencia, pero Lara parecía estar en otra parte.

—No fumo —dio otra calada al cigarrillo y siguió mirando el horizonte.

—Necesito un favor.

—¿Tú o Eretz?

—Ambos.

Lara apagó el cigarrillo en el pequeño cenicero de la ventana y se levantó dispuesta esperando las órdenes de Kurtz.

—Estas muy guapa, Lara.

—Hacía mucho que no nos veíamos. ¿Cómo está…? —Lara nunca conseguía recordar el nombre de la mujer de Kurtz—… Llevo tres días sin dormir.
Kurtz sonrió—: Gadi está en la frontera.

lunes, 11 de febrero de 2008

Números

Hace unos días hubo un atentado en Israel, en la ciudad de Dimona, una mujer de 73 años resultó muerta. Pensé aliviada: “Ufff. Sólo fue uno.” Uno. ¿No es cruel pensar, sólo fue uno? ¿No es cada vida preciosa?

La última vez que mi corazón se medio alborozó al pensar que en vez de haberse cometido una masacre con decenas de muertos, los asesinos sólo habían conseguido arrebatar dos vidas… aquella vez la tristeza de dos adolescentes me inundó. Una de las vidas arrebatadas era la de uno de sus amigos, la otra la del padre de otra de sus amigas. Me sentí tan mal, tan mal…

Hoy leí la historia de un diplomático español que salvó a tres personas. Una mujer, su madre y su marido. Pensé ¡qué poco! Recordé las palabras del Oskar Schindler, con rostro de Liam Neeson que decía “podría haber hecho más”.

Después pienso en una única persona, una mujer. Joven habitante del infierno. Sólo una vida. Sin esa vida milagrosamente salvada por la casualidad, la suerte, la divina providencia o lo que sea, mi amor, la persona a la que amo no estaría aquí. ¡Cuán diferente sería mi vida entonces! ¿Qué sería de mí sin esa nariz? ¿Sin esos ojos? ¿Sin esa voz? ¿Sin esas manos? ¿Sin ese cuerpo delgado y esa piel cálida? ¿Sin esa completud que me hace sentir tan llena y vacía al mismo tiempo? ...

En qué cosas más extrañas pienso…

Definitivamente el Talmud tiene razón cada vida vale un mundo entero. O se pierde, o se crea.

miércoles, 6 de febrero de 2008